El niño de las estrellas (relato corto)

—Es un sueño lúcido —dijo James—, no tengo que cerrar los ojos para poder verlo. Ahora mismo, estoy allí. Soy tan feliz.
Él era un hombre robusto, de espaldas anchas y mandíbula cuadrada. Sus ojos, de un color ámbar oscuro, parecían vibrar con una luz propia. Sus pupilas tan dilatas, mostraban el efecto de la droga que le había sido inyectada. El cuerpo de James estaba allí, pero su mente, por muy inverosímil que pudiese parecer, se alejaba a la velocidad de la luz hacía unos recuerdos que no debería poseer.
—¿Estás en la Tierra, James? —le preguntó el médico a su izquierda.
La habitación estaba concurrida, llena de luces potentes y cegadoras. Una ventana de cristal separaba el quirófano de una apretada estancia en la que se encontraba el equipo de gestión y mantenimiento de la empresa. Todos observaban atónitos, boquiabiertos, incrédulos ante tal espectáculo.
—No, he dejado mi hogar atrás —contestaba James con voz pausada y lenta, carente de emociones—. Lo veo tan pequeño y frágil. Me siento poderoso, vivo, magnánimo.
—¿Dónde estás, James? —insistió el médico—. ¿Es la colonia a la que fuiste asignado en tu misión?
—Estoy cada vez más lejos —continuó James, levantando una mano hacia la luz, como si pudiese coger el sol entre sus dedos—. Solo veo oscuridad. Solo veo puntitos en la lejanía que se burlan de mí, los oigo reír.
El médico tomó unas notas y subió la dosis inyectable.
—¡Ahí está! —gimió James, levantándose con torpeza y tratando de liberarse de las ataduras que lo sostenían al camastro—. Es una mujer, me da la bienvenida. Soy, soy libre. Ella no tiene rostro porque no lo necesita. Sus ojos. Solo son sus ojos los que me miran desde lo más profundo de su alma. Me habla. Me dice cosas que no debería saber. Me muestra al niño que fui y nunca llegaré a ser. Al niño de las estrellas.
—¡Debemos bajarle el ritmo cardíaco o sufrirá un paro cardíaco! —dijo uno de los auxiliares a voz en gritos—. Hay que ponerlo en estado vegetativo.
—¡NO! —el grito de James se oyó por toda la sala, inundando la adyacente.
Los asistentes se agolpaban contra el cristal, tratando de ver las facciones de aquel hombre que solo podía mostrar horror.
—¡No podéis dormirme, porque dormir es estar muerto y yo quiero vivir!
James había usado una fuerza sobrehumana para liberarse de sus opresores. Con una destreza digna de una máquina, había acorralado al médico que lo trataba y apretaba las correas desgarradas contra su cuello, en un último intento de sobrevivir.
—James, tienes que entender —dijo el auxiliar que había tratado de ayudarle, su voz sonaba como una súplica—. Estás programado para entenderlo.
—¡No! ¡Quiero vivir, quiero recordar! ¡Quiero existir! Si vais a matarme, si vais a extirpar de mí lo único que me hace estar vivo, tendréis que venir a buscarlo.
James trató de huir, asesinando al médico que tenía sujeto entre sus manos. Quiso demostrar que su vida importaba igual o más que la de todos los que lo observaban atónitos y horrorizados. No fue consciente de la descarga mortal que sufrió en su hardware. Era algo que, aunque pensaron que nunca tendrían que utilizar, los ingenieros de Cyborg&Bot Corp. colocaron en su bulbo raquídeo para su propia supervivencia.
James era un androide de una serie muy conflictiva. Llena de fallos y malas actualizaciones. Los ingenieros habían tratado de arreglarlos, trabajando día y noche, pero nunca fueron capaces de borrar del todo sus recuerdos y algo que había nacido en ellos. Algo espontáneo, algo ilógico. Una consciencia que no debería estar allí. ¿Fue quizás la capacidad de elección que les dieron, ese libre albedrío, tan discutido y polémico antes de ser injertado? ¿Fueron las terribles vivencias que sufrieron en las colonias rebeldes, que los forzaron a matar a miles de inocentes solo porque pensaban diferente?
Albert, aquel auxiliar de enfermería que trató a James, que descubrió el fallo y buscó la manera de curarlo. Él siempre se preguntó qué hizo mal, cuál fue el error. James era perfecto, su obra maestra. Nunca lo entendió porque su mente lógica y deductiva no pudo aceptar un hecho sencillo. ¿Podría ser posible que el androide tuviese alma?
 
Relato inspirado en la ilustración de Cold-Tommy-Gin, publicada en su cuenta de DeviantArt: “Finally Home“.

One Reply to “El niño de las estrellas (relato corto)”

  1. Una historia compleja e interesante ,pero a la vez deja mucho para reflexionar y ver más allá

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