Una noche fría, neblinosa y sibilina [relato corto]

Siempre he sido un hombre de principios, y de promesas cumplidas. Mi deber, como juramento inquebrantable de la orden a la que pertenezco, es servir a un poder superior que teje nuestros hilos y nos guía en su infinita sabiduría. Si mi señora, La Oculta, Adeloé la Velada, quiso que estuviese en aquella aldea ese mismo día fatídico en que una horda de hombres del Norte decidió saquear, matar, violar y destruir, no seré yo quien lo cuestione.
Pero dejadme que os sitúe en un tiempo remoto. Yo era un hombre aún joven, de cabellera del color de la madera vieja, de ojos curiosos y mirada vivaz. Algo temerario e imprudente, pero meticuloso. Me encontraba en una aldea próxima al Linde oeste, un paso de montaña que separa Tierras Altas de la salvaje Askandar. La aldea de casas de madera de roble y tejados de fuerte musgo, se pegaba a la lengua del mar como un liquen hambriento.
Los norteños, creo recordar, llaman a esas enormes extensiones de agua marina que se adentran en su territorio, «fordur».
Una extraña epidemia había asolado aquel lugar. Yo me encontraba tomando notas y atendiendo a los enfermos con hierbas medicinales, en una noche fría, neblinosa y sibilina, cuando escuchamos un cuerno que nos sonó al clamor de las puertas de Geth’dol abriéndose.
   Solo recuerdo a nuestro superior coger los preciados apuntes que estábamos anotando, hacer un fardo con ellos y buscar un pájaro mensajero que pudiese llevarlos sin pausa a Calipolem. Nuestras vidas no son nada en comparación al conocimiento, y si hemos de sufrir torturas atroces antes de revelar los secretos más ocultos, que así nos hagan gritar hasta que la sal en nuestros muñones nos lleve hacia el Paraíso.
El erodai Proclo solo encontró un cuervo hambriento antes de sufrir la escaramuza, mal presagio sin duda. Recuerdo aquel pájaro oscuro, mensajero de almas, alejarse con su vuelo veloz mientras los gritos, el fuego y la sangre cegaban mis ojos. Nadie llegaría para salvarnos, estábamos a merced del hilo negro del infortunio y simplemente me rendí a mi destino.
—Traedme a los magos —creía entender a uno de los bárbaros que nos habían apresado. Aquella forma de arrastrar las erres, como el ronroneo de un felino, no lo olvidaré nunca.
Nuestro superior fue el primero en caer, mis otros tres compañeros se resistieron pero los gritos de horror y el carmesí de la sangre aderezaron el terror de aquella noche de invierno. Cuando me llevaron ante su jefe, o como ellos lo aclaman, su señor de la guerra, este había mostrado su rostro tras el feroz casco y un muchacho muy joven, apuesto, de mirada fría y cortante, me dedicó una sonrisa arrogante y levantó su pesada hacha de guerra por encima de mi cabeza.
 —¿Unas últimas palabras antes de reuniros con la Poderosa?
—Soy un siervo del saber y si mi hora acaba aquí, celebraré mi juicio gustoso en el Más Allá —dije en un torpe norteño y erguí un poco la cabeza para mirar a aquel hermoso muchacho directamente a los ojos—, pero si me lo permitís, dejadme que lleve a cabo los rituales para con mis semejantes y devuelva sus corazones a la tierra, o sus espíritus furibundos nos perseguirán a vos y a mi durante toda nuestra lúgubre vida.
Aquel joven señor de la guerra entendió cada una de mis palabras, lo pude ver en sus ojos bien abiertos y su cambiante expresión de asco a fascinación, además de temor ancestral.
—Soy un hombre de honor —concluyó—, proceded.
Comencé a amontonar cuerpos desmembrados en la plaza de la aldea, y di misericordia a aquellos que aun yacían moribundos y malheridos. Una mujer norteña, voluptuosa, alta y fuerte como un roble, que tenía un oso tatuado en el brazo derecho, me miraba desganada con su hacha en la mano.
—Así no terminará nunca, Kailon —dijo a su señor de la guerra—. ¡Mátalo de una vez y hagamos arder esta tierra inmunda!
Se acercó hasta mí, me hizo colocar de rodillas y puso su arma con una extraña delicadeza sobre mi nuca. Cerré los ojos y recé. No era mi hora, y supe que mi amada diosa estaba velando por mí en aquella lúgubre noche cuando escuché un graznido, una pequeña ave rapaz, una lechuza de plateadas alas surcó el cielo nocturno.
—Suelta al mago —escuché al llamado Kailon rugir la orden—, si ha de morir lo hará pero no ahora, sería de mal agüero.
Sé que puede parecer extraño, pero los norteños, esos fieras guerreros son igual de temerosos de los dioses y celosos de sus creencias que cualquier fénix que siembra su campo y suelta una paloma para que los espíritus de la naturaleza le sean propicios. Habría de saber, mucho tiempo después, que cualquier ave rapaz representa el ojo avizor de sus ancestros y, que al contrario de lo que pueda parecer, si no se posan para observar una muerte es porque esta no tiene que suceder. ¡Alabada sea La Oculta que vela por nosotros!
Tras ese pequeño percance, y recibiendo ayuda de algunos norteños y las gentes de la aldea que ahora eran sus esclavos, dimos sepultura a los cadáveres y los purificamos en una enorme pira. Yo tenía las manos manchadas de sangre, algo irónico, tras haber extraído más corazones de los que quisiera recordar. Los deposité con cuidado en un pequeño agujero cerca del bosque y coloqué varias semillas de bellota para que un día fuese un fuerte árbol.
Ahora era un esclavo. Mi toga de lana parda de erodaicarecía de significado y distinción. Nos subieron al barco, nos apresaron los pies y las manos, y aquellas pobres gentes me pidieron que rezara a la Gran Madre para que nos liberasen. ¡Pobres ilusos, el camino acabaría matando a muchos de ellos y haciendo enfermar a varios norteños!
Al día siguiente, fui llevado junto a varias muchachas, algunas casi niñas, a una zona acondicionada, una pequeña tienda de campaña en medio de la inmensa nave. Kailon, el de la fiera mirada, junto a lo que podrían ser sus más fieles hombres, tomaron a aquellas muchachas, haciendo que el habitáculo oliese a vino, sudor y simiente.
—Cuéntame acerca de tu magia —me dijo Kailon el fiero, semirecostado en el suelo, con su hermoso y fuerte cuerpo desnudo, lleno de tatuajes.
Al principio, titubeé. Había algo en mí que fascinaba a aquel bárbaro y podría sacar provecho de ello. Soy un hombre de bien y de principios, pero era un temerario. Simplemente tenté mi suerte.
—Mi magia son las palabras, mi señor —respondí, él concluyó que tomará una copa de vino—. También soy muy diestro en los juegos de estrategia, os propongo un trato.
Kailon me miró desconfiado, mientras bebía de su copa y comía pasas secas, nueces y carne salada de un cuenco. Debió ver que me estaba tomando mi ofrecimiento completamente en serio, porque sonrió de una forma casi infantil y asintió.
—Juguemos a un juego de niños, el Alquerque de Nueve —dije casi en un exabrupto, Kailon me ofreció un asiento a su lado y me miró con desconcierto—, si yo gano, nos liberareis a todos y prometeréis no volver a asolar una aldea más allá del Linde.
Aquella carcajada cruel me animaba a detener mi insensato empeño, pero lo tomé como una ofensa y continué, estúpido de mí.
—Si pierdo —dije y tragué saliva— podréis hacer conmigo lo que queráis, seré vuestro.
—No hay trato, solo me queréis robar el alma —dijo con vehemencia. He de reconocer que no entendí sus palabras—. Además, ya me pertenecéis y esos aldeanos que no valen ni una moneda de plata todos juntos.
—Me cambio por todos ellos —dije, como buen hombre de principios, aunque con el orgullo dolido—. Soy un erodai, soy más que un mago. Poseo conocimientos que solo podéis soñar.
El brillo de sus ojos, ese fulgor de pueril curiosidad con motitas purpúreas de grandilocuencia, me hicieron saborear la victoria.
—Aunque, un trato es un trato —dije sin ver que, gracias a mi juventud e inexperiencia, estaba cayendo en las fauces de aquel lobo tatuado en su brazo—. Tendréis que ganarme en tres partidas, si no lo hacéis me cortaré la lengua.
—¡Mago estúpido, cómo pensáis hacerlo si os tengo atado de pies y manos!
—Magia —dije mientras dibujaba una triunfal sonrisa.
Podréis imaginar que perdí la partida, podréis imaginar que gracias a mi estupidez hice peligrar la vida de aquellas gentes que habían depositado su confianza en mí. Podréis pensar que solo soy un idiota desdichado, pero me gané la confianza de aquel joven señor de la guerra, ya que aquellas triviales partidas se convirtieron en una lucha encarnizada por nuestro honor. Y el honor es algo que los norteños valoran incluso por encima de sus vidas.

 

Cuando llegamos a Danahol, la ciudad principal del clan del lobo, tras seis días de navegación, solo yo quedaba como esclavo. Me raparon la cabeza y me tatuaron una runa con forma de candado en el cuello. Me convertí en el copero y hombre de confianza de Kailon el fiero, el señor de la guerra que habría de corromper su estirpe un triste día de verano. Pero esa es otra historia.

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